martes, 20 de septiembre de 2011

Tabacofobia vs.tabacofilia

En sus conversaciones sobre religión con el sacerdote católico izquierdista brasileño Frei Betto, mantenidas en La Habana en 1985, el líder socialista cubano Fidel Castro tildó de "veneno" al tabaco. Meses después, la revista estadounidense Time informó que Castro había decidido dejar de fumar, tras haber consumido los célebres cigarros cubanos desde la edad de 15 años. La decisión del dirigente antillano convirtió en cosa del ayer la clásica imagen de un Fidel con un cigarro cubano en la boca.

Frei Betto con Fidel Castro

Portada de la versión impresa argentina de 1986  de las conversaciones sobre religión mantenidas entre Fidel Castro y Frei Betto en La Habana en 1985

Los cigarros de Fidel

Tras haber liberado a Francia de la ocupación nazi, el general Charles de Gaulle, fumador empedernido, decidió liberar su organismo de la nociva presencia tabáquica. Iosif Stalin, alegre tabacófilo durante al menos medio siglo, tomó una decisión similar poco antes de entregar su alma a Marx en 1953.

Charles de Gaulle

Iosif Stalin

El rey Jorge VI  de Inglaterra, fumador empedernido, no logró tomar una decisión similar y un cáncer pulmonar se lo llevó tempranamente a la tumba en 1952, a diferencia de su compatriota Winston Churchill, cuyo gusto por los grandes cigarros no le impidió alcanzar alegremente la venerable edad de 91 años. Edades similares alcanzaron los fumadores empedernidos Mao tsé-tung, Josip Broz Tito y Deng Xiaoping y ese amante de los cigarros llamado Sigmund Freud. La tabacofilia de Jorge VI y Churchill parece haber enardecido la férrea tabacofobia del general Bernard Montgomery, con quien Jorge VI y Churchill  debieron tratar asiduamente durante el tenso sexenio de la Segunda Guerra Mundial. Mucho parece haber sufrido Montgomery con las vicisitudes de la contienda, aunque también con el humo de los cigarrillos o cigarros encendidos por Jorge VI y Churchill en presencia del sobrio, tabacófobo y antialcohólico Montgomery, cuya tabacofobia y longevidad compartía Francisco Franco, quien no permitía fumar en su presencia, para desesperación de sus ministros fumadores, obligados por el austero Caudillo a mantener prolongadas reuniones de gabinete ante mesas sin ceniceros.


Winston Churchill, vencedor de alemanes, vencido de cigarros

Jorge VI, vencedor de nazis y vencido de cigarrillos

Bernard Montgomery, vencedor de los nazis y de la tentación del tabaco

   Mao tsé-tung, Gran Timonel y Gran Fumador

Deng Xiaoping, pequeño de estatura, pero no pequeño fumador
  
El mariscal Tito logró evitar el desmembramiento territorial posteriormente abatido sobre Yugoslavia, pero no las tentaciones del tabaco

A Sigmund Freud le fue difícil lograr que se aceptasen sus teorías. Dejar de fumar le fue imposible.


El tabacófobo y muy católico Francisco Franco era "Caudillo de España por la Gracia de Dios". Fumar en su presencia equivalía a injuriar al Creador.

A Adolf Hitler le gustaban los dulces. A  los niños de Berchtesgaden les daba helado y torta. A los niños de Auschwitz les daba pan duro y gas venenoso. No comía carne porque no le gustaba matar animales para comer, aunque no le disgustó matar a su perro para probar  las cápsulas de cianuro utilizadas en el suicidio del Führer y su efímera consorte Eva Braun, quien, a diferencia de Hitler, fumaba y bebía alcohol. Tampoco le disgustaba matar judíos, testigos de Jehová, católicos antinazis, gitanos y homosexuales.

Ein Volk, ein Reich, ein Führer... und keine Zigaretten (Un pueblo, un reino, un caudillo... y ningún cigarrillo)
A Jean-Paul Sartre el tabaco casi le costó la vida. Según Simone de Beauvoir, Sartre recién renunció definitivamente al tabaco tres años antes de morir, cuando un médico le advirtió enérgicamente que, si no dejaba de fumar, deberían amputarle sucesivamente los dedos gordos de sus pies, sus pies y piernas. Cuando De Beauvoir le preguntó si no le apenaba estar fumando su último cigarrillo, Sartre, que dejó de fumar al día siguiente, contestó que no quería ser cortado en pequeños trozos.

Jean-Paul Sartre, de tabacófilo a tabacófobo

Simone de Beauvoir padeció en carne propia el tabaquismo de Sartre

Los personajes literarios tampoco han ido a la zaga. Imposible olvidar la pipa del gran fumador Sherlock Holmes. Curiosamente, he pasado revista a unas 40 imágenes cinematográficas de un Robert Downey Jr.permisivamente caracterizado como el célebre detective... ¡En ninguna de ellas Holmes aparece con pipa!

Robert Downey Jr.: Holmes sin pipa

Entre los argentinos también ha habido tabacófobos y tabacófilos. Pese a su mala salud, José de San Martín no se privó del tabaco y vivió 72 años, edad desusada en su tiempo. Bartolomé Mitre lo pinta encendiendo un cigarrillo de papel durante su primer cruce de los Andes. Agustín Pérez Pardella lo pinta encendiendo un cigarro prohibido por su médico y picando tabaco para sus pipas en su retiro francés. Caso similar fue el de Ernesto Che Guevara, cuyo asma no le impedía degustar los cigarros cubanos, y, si murió a los 39 años, no fue por culpa del tabaco.

   
San Martín , tabacófilo y longevo


Che, Guevara, ¿no te hace mal fumar?


Félix Luna, fumador empedernido, nos pinta un Julio Argentino Roca moderado en su consumo de tabaco. Hipólito Yrigoyen no parece haber tenido otro vicio que la media botella de champaña incluida en su almuerzo para facilitar su digestión. Según su biógrafo inglés Simon Collier, Carlos Gardel fumaba empedernidamente, sin por ello estropear su privilegiada voz. Ricardo Balbín no parece haber tenido otro vicio que el cigarrillo. Miguel Bonasso nos pinta un Juan Domingo Perón temeroso de que Isabel le regañe por fumar más de la cuenta. ¿A Pocho lo mató Pucho? No es seguro. Sí es seguro que Pucho mató a Arturo Jauretche, defensor de Pocho, pese a su enfisema y las recomendaciones de su médico, sistemáticamente desatendidas por Jauretche en el bar Castelar, de Córdoba y Esmeralda, fumadero clandestino de don Arturo, según su muy discutible biógrafo Norberto Galasso

"¡Pará de fumar, Falucho!",  solía decir a su marido la mujer de Félix Luna. Pero Falucho no le hizo caso

Roca no sólo no se dejó conquistar por el Desierto; tampoco se dejó conquistar por el tabaco
El Peludo no fumaba en su Cueva (y tampoco fuera de ella)
¡Cada día fuma mejor!


Perón, Perón, Gran Conductor (y, al parecer, Gran Fumador)


Pucho, gran amigo-enemigo de Jauretche

Balbín intentó reconciliarse con Pocho, pero Pucho le pasó factura, obligándole a pasar por el cirujano pocos años antes de entrar a la inmortalidad

En fin, los ejemplos históricos y ficticios son, como verán, múltiples.
Ya es hora de hablar de mí y mi familia.
Fui fumador por épocas entre enero de 1989 y abril de 2006, entre mis 18 y mis 36 años. Hasta que un buen médico, a petición mía, me ayudó a dejar el tabaco, que yo había probado en diversas formas (cigarrillo, pipa, cigarro). Un poco me daban miedo mis antecedentes familiares de defunciones y enfermedades atribuibles al tabaco, que no enumeraré porque deseo redondear esta entrada e irme a la cama.
Uds.se preguntarán si soy tabacófilo o tabacófobo. ¿La verdad? Desde que no fumo me siento mejor. 


  

lunes, 19 de septiembre de 2011

Hijos-padres y padres-hijos

En el tramo final de la película Superman regresa, de 2006, un Superman interpretado por Brandon Routh visita subrepticiamente a Jason, niño de cinco años bautizado con la versión inglesa del nombre del héroe mitológico griego conocido en castellano como Jasón y concebido por Superman con Lois Lane (compañera de trabajo de Clark Kent, alter ego de Superman). Lois considera equívocamente a Jason hijo de su esposo Richard White, sobrino de Perry White, editor del Daily Planet. Esa paternidad puesta en tela de juicio por Lex Luthor, archienemigo de Superman, súbitamente convertido en carcelero de Lois y Jason a bordo de un lujoso yate equipado con la mortífera tecnología extraterrestre infructuosamente empleada por Luthor contra el Hombre de Acero y la Humanidad protegida por un Superman regresado a la Tierra tras una larga estadía en su supuestamente desaparecido Krypton natal. Lois comprende las dudas de Luthor cuando Jason mata a un secuaz de su captor lanzándole un pesado piano de cola, que un niño de cinco años no podría mover sin el sobrehumano vigor físico de un Superman, impensable en el hijo de un ser humano como Richard. El Jason de Superman regresa parece destinado a grandes empresas, como su singular padre y el Jasón de la mitología griega, obligado a reclamar penosamente el trono paterno usurpado por un tío. Ante un Jason plácidamente dormido tras las duras peripecias vividas durante la película, Superman/Routh sentencia: "El hijo se vuelve padre y el padre se vuelve hijo". Buena síntesis del periplo vital de muchos seres humanos. En el mundo actual, hay niños nacidos en maternidades como hijos a secas dependientes de padres a secas y ancianos fallecidos en geriátricos como padres-hijos dependientes de hijos-padres.  

Brandon Routh en Superman regresa

Pronto seré tío del primogénito de mi hermana y mi cuñado, que no poseerá los sobrehumanos atributos de un Superman y deberá ingeniárselas para afrontar la adversidad terrestre sin ayuda de inexistentes superhéroes y con las apreciables, aunque limitadas, potencialidades de la Humanidad, la especie más cercana a esa perfección reservada a Dios Nuestro Señor, pero jamás dotada de la perfección divina. No usurparé trono alguno al padre de mi sobrino, simplemente porque mi cuñado no posee trono alguno. Pronto seré tío de un niño dependiente de una intervención adulta pasible de graves equívocos. Y, al mismo tiempo, convivo con padres septuagenarios, no exentos de la posibilidad de convertirse, en años venideros, en padres-hijos dependientes de hijos-padres obligados a cuidar de sus envejecidos progenitores con recursos limitados. Viví esa situación con mis abuelos, con quienes conviví en sus últimos años. La viví especialmente con Elena, mi abuela paterna, víctima del mal de Alzheimer durante siete años e internada en geriátricos durante cinco. Elena vivió el año 2008, el último de su larga vida, semipostrada, alimentada por sonda, con sus cuerdas vocales y músculos masticatorios paralizados por un agravado mal de Parkinson. En enero de 2009, Dios se apiadó finalmente de su alma y le permitió reencontrarse con mi abuelo Alfredo, su compañero durante 69 años, fallecido en 2003. "El hijo se vuelve padre y el padre se vuelve hijo".  No es raro que Superman/Routh sintetizara en tales términos el periplo vital humano ante el pequeño Jason.


Jasón

     

sábado, 17 de septiembre de 2011

Avúnculocongratulación Mecánica

En su novela El péndulo de Foucault, Umberto Eco narra las peripecias de tres intelectuales italianos de los decenios de 1970 y 1980, apellidados Casaubon, Belbo y Diotallevi y empleados en una editorial milanesa. Belbo y Diotallevi alternan su labor rutinaria con la inviable creación de un departamento de saberes inútiles o imposibles, como la Avúnculocongratulación Mecánica o arte de construir máquinas para saludar a la tía. Yo mismo pronto seré tío y me pregunto si podré evitar el trato mecánico con mi sobrino.

Umberto Eco

Portada de la primera edición argentina de El péndulo de Foucault (1989)

Mi temor no es del todo infundado. En 1987, poco antes de su temprano fallecimiento, Nelly Fernández Tiscornia predijo un futuro "maquinista" para la Humanidad. Su vaticinio no ha sido del todo errado.

Nelly Fernández Tiscornia

 Escribí la versión manuscrita de esta entrada en mi querido café Aconcagua, en Bolívar y San Telmo, del cual lamento no haber podido googlear una foto para estas líneas; la única que encontré tenía derechos reservados, ¡ni que fuera un borrador de Crimen y castigo de puño y letra de Feodor Dostoievski! Dostoievski... ¡cómo habría sufrido su Raskólnikov con un celular! ¡El celular! Triste mezcla de grandeza y abyección, decía Sarmiento de la Europa de 1845. Sarmiento se adelantó a su tiempo al promover el voto femenino en el San Juan de 1864, que don Domingo encabezaba como gobernador. ¿Habría podido vaticinar el advenimiento del celular, tal como su contemporáneo Julio Verne predijo los viajes aéreos, espaciales y submarinos? La apreciación sarmientina sobre la Europa de 1845 es perfectamente aplicable al celular, fruto de esa paradoja implícita en la capacidad humana de hacer coexistir grandeza y miseria.  

Feodor Dostoievski

Sarmiento gobernador de San Juan (1863)


Julio Verne

El celular... Ayer, mientras borroneaba estas misceláneas en el Aconcagua, tenía una neurona en mi horrenda caligrafía y otra en el celular que poblaba uno de los bolsillos de mi pantalón y que a las cuatro y media de la tarde me acariciaría un muslo con su alarma recordatoria vibradora, para recordarme que debía verificar el retorno a su puesto de trabajo de la costurera del mercado de San Telmo, a quien debía confiar la grave responsabilidad de cambiar el elástico de uno de mis cubrecolchones. El celular... Ese aparatito tan útil como adictivo, que durante añares me resistí a tener y ahora uso como teléfono, mensajería de voz y texto, despertador, calculadora, cámara fotográfica, directorio telefónico, planificador de jornada y sabe Dios qué más. Suerte que no tengo perro, porque sino, capaz que el celular me lo saca a pasear y lleva al veterinario.
Aún no he ingresado en la galaxia MP, aunque tengo un buen amigo que en poco tiempo ha pasado del MP3 al MP4, del MP4 al MP5... Y, según Madame Internet, parece que también hay MP6, MP7, MP8, MP9, MP10... Aparatitos que, según el caso, captan sonidos, imágenes, llaman por teléfono, ¡hasta tienen televisor! ¡Televisor de bolsillo! ¡Ay, Patria mía! Recuerdo la llegada del primer televisor color a mi casa. Primavera austral de 1980. Yo tenía diez cándidos abriles. Aquel Talent color de 20 pulgadas, sin control remoto, debió parecerme algo tan fabuloso como la máquina del tiempo de Volver al futuro. Y hoy, 31 años después, compartiría una sala de museo con los fósiles de dinosaurio y gliptodonte. 






 

Galaxia MP

Televisor color Talent (c.1980)
El De Lorean volador de Volver al futuro II, en acción



Fósil de dinosaurio argentino

Fósil de gliptodonte

Días atrás, en el casamiento de mi hermana, futura madre de mi primer sobrino, Victoria, una prima segunda mía de once años, me exhibió las múltiples funciones del sofisticado teléfono celular de su madre, entre ellas el servicio de Skype que le permite contactarse fácilmente con su hermano Guillermo, quien, pese a sus escasos veinte abriles, viaja frecuentemente al exterior por cuestiones laborales. ¡Y yo sigo sin tener pantalla dactilar en mi celular!


IPhone con Skype

¿Yo solo? ¡Tonterías! Hace pocos meses, mi padre recorrió, por motivos profesionales, una comarca rural santiagueña sin otras fuentes de electricidad que unos modestos y antieconómicos generadores eléctricos nafteros y obligada a cocer laboriosamente su pan cotidiano en hornos de barro a leña y suprimir trabajosamente el abundantísimo arsénico del agua de la zona. En semejante paraje, ¿dónde enchufaría la madre de Victoria el cargador de su primoroso celular? Y esos santiagueños viven tan en el siglo XXI como los presuntuosos porteños.


2011. Mi padre (de buzo negro y espaldas) en una escuela rural santiagueña, observando la precaria cisterna de agua potable del establecimiento, preocupación nada menor para los lugareños

¡Oh, boletos de colectivo de expendio manual! ¡Qué lejos habéis quedado! ¡Si hasta están quedando atrás las boleteras automáticas con monedero, que allá por 1994 parecían el summun del progreso tecnológico! Antes me preocupaba tener monedas para el colectivo. Ahora me preocupa tener saldo suficiente en mis tarjetas de boleto electrónico. ¡Oh, tarjetas de Telefónica y Telecom para teléfono público! ¡Oh, teléfonos-alcancía de Telefónica y Telecom! Allá por 1995 erais para mí verdaderos héroes y heroínas, que me habiais librado de los inoperantes teléfonos-alcancía con cospeles de ENTEL. ¡Oh, Subtepass, que me librasteis de la tortura de los cospeles de subte! Y ahora me parecéis tan fósiles de museo como la piedra de Rosetta, que admiré en mi juventud en el Museo Británico de Londres. ¡Qué digo! Si hasta la cabina de locutorio, que allá por 1995 me parecía el colmo del lujo, empieza a parecerme una reliquia. Antes me preocupaba tener saldo en mis tarjetas de Telefónica y Telecom para teléfono público; ahora me preocupa tenerlo en mi celular y refunfuño cuando Movistar, no contento con facturarme 100 pesos mensuales de abono, pretenda una recarga adicional de 30 pesos.

Boletera manual utilizada en la línea 60 hasta 1994

Boletera con monedero y tarjetero. Tarjeta de colectivo de Paraná (Entre Ríos). Objetos de uso corriente hacia 1995.

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner probando su tarjeta SUBE


Cospel de ENTEL para teléfono público (c.1980)

Hablando por teléfono público (c.1965)

Teléfono público de ENTEL (c.1985)

 Teléfono monedero de Telefónica (c.2000)
Tarjeta Telecom Argentina para teléfono público (c.1995)

Tarjeta de Telefónica de Argentina para teléfono público (1997)


 Cospeles porteños de subte (c.1962-2001)

Subtepass de Metrovías (c.2000)


Piedra de Rosetta (c.200 a.C.)

Cabina Telecentro (CABA, c.2010)

El mundo "maquinista" vaticinado por Fernández Tiscornia parece haberse convertido en una inquietante realidad, susceptible de acentuarse en el futuro destinado a mi aún nonato sobrino... y a mí. Espero ser un tío, no un ejemplo viviente de la avúnculocongratulación mecánica preconizada por Belbo y Diotallevi.  Difícil, pero indispensable. Una netbook con Wi-fi no puede suplantar al afecto.