viernes, 14 de octubre de 2011

La crisis de Semana Santa de 1987

La crisis de Semana Santa de 1987. Un abordaje teórico (IES Nº 1-GCABA)[1]

La presente ponencia encuentra su fundamentación teórica en los conceptos desarrollados por el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas y su traductor y prologuista español Manuel Jiménez Redondo en Más allá del Estado nacional[2], libro de Habermas escrito desde la experiencia histórica de la reunificación territorial alemana, contemporánea de la restauración democrática argentina y tan relevante como el proceso democratizador argentino. Dicho proceso se vio jaqueado, durante la Semana Santa de 1987, por el primer pronunciamiento militar carapintada, que mantuvo en vilo, durante cuatro dramáticos días, a una sociedad argentina recién emergida de la etapa procesista, calamitoso colofón de la era golpista de 1930-1983, etapa en la cual la sociedad argentina había convalidado, activa o pasivamente, las interrupciones y cuestionamientos del orden constitucional a cargo de facciones cívico-militares. Al manifestarse contra el primer pronunciamiento militar carapintada, los argentinos demostraron el agotamiento de la opción golpista como resguardo a la gobernabilidad.

Jürgen Habermas

Respecto de su pasado golpista, la Argentina alfonsinista experimentaba una tensión similar a la experimentada por la desaparecida Alemania socialista respecto de un pasado estalinista proclive a relativizar y eludir el pasado nazi. Como la Alemania del siglo XVI, conmovida por el pronunciamiento luterano, la Argentina alfonsinista asistía a la brusca destitución de unas instituciones legitimadoras tradicionales. La Argentina alfonsinista asistía a la crisis terminal del golpismo, fruto de la descomposición del poder militar iniciada en 1981 con la crisis de la propuesta procesista, que alejaba al argentino de la era alfonsinista de la situación de un individuo premoderno obligado a una justificación sacra de su lugar en el mundo. La multitudinaria reacción anticarapintada de Semana Santa fue principalmente protagonizada por una versión argentina de ese individuo moderno definido por Jiménez Redondo como un sujeto propenso a reclamar el derecho a decidir sobre su existencia sin más limitación que el reconocimiento del mismo derecho a los demás.


Adolf Hitler saludando seguidores en 1933





[1] Ponencia presentada en las Jornadas de Historia “La construcción histórica como problema” (IES Nº 1-GCABA-Octubre de 2011)
[2] Cf.HABERMAS, Jürgen, Más allá del Estado nacional, Ciudad de México, F.C.E., 2006
 




Erección del Muro de Berlín (c.1960)



Martín Lutero

La multitudinaria Argentina anticarapintada de Semana Santa  afrontaba las dificultades de una reinterpretación histórica caracterizada por una devolución a problemas del pasado proclive a postular un futuro agresor, desarticular el presente y promover neuróticas reacciones defensivas y una despavorida huida hacia el pasado. En la Argentina alfonsinista, la crisis terminal de las instancias legitimadoras tradicionales incitaba a dejar de medir el logro o malogro de la propia vida por contenidos presuntamente superiores o ejemplares y empezar a medirlo con el rasero de la autenticidad.
Al tratar de generar consenso, el alfonsinismo afrontó las dificultades conllevadas por la construcción de una sociedad y cosmovisión pluralistas enraizables en una sociedad con buenas experiencias democráticas, acostumbrada a la libertad política y apenas existente en la Argentina alfonsinista.


Hipólito Yrigoyen

Ramón Castillo

Juan Domingo Perón

Arturo Frondizi

Arturo Illia

María Estela Martínez de Perón

Hipólito Yrigoyen, Ramón Castillo, Juan Domingo Perón, Arturo Frondizi, Arturo Illia y María Estela Martínez de Perón fueron los presidentes constitucionales argentinos derrocados por golpes cívico-militares entre 1930 y 1976


José Félix Uriburu

Arturo Rawson

Pedro Pablo Ramírez

Edelmiro J.Farrell

Eduardo Lonardi

Pedro Eugenio Aramburu

Juan Carlos Onganía

Roberto Marcelo Levingston

Alejandro Agustín Lanusse

Jorge Rafael Videla

Roberto Viola

Leopoldo Fortunato Galtieri

Reynaldo Benito Bignone

José Félix Uriburu, Arturo Rawson, Pedro Pablo Ramírez, Edelmiro J.Farrell, Eduardo Lonardi, Pedro Eugenio Aramburu, Juan Carlos Onganía, Roberto Marcelo Levingston, Alejandro Agustín Lanusse, Jorge Rafael Videla, Roberto Viola, Leopoldo Fortunato Galtieri y Reynaldo Benito Bignone fueron los presidentes de facto argentinos ungidos por el bando golpista entre 1930 y 1982








José María Guido constituye un caso curioso en la historia del golpismo argentino. Asumió la presidencia de la Nación tras el desplazamiento del presidente radical intransigente Arturo Frondizi por los militares golpistas, consumado el 29 de marzo de 1962. Su status no castrense disminuye, empero, la posibilidad de incluirlo entre los presidentes argentinos de facto, máxime considerando la renuncia del vicepresidente Alejandro Gómez en 1958, que había situado a Guido, correligionario político-partidario de Frondizi y presidente provisional del Senado de la Nación, en el primer puesto de la línea de sucesión presidencial, correspondiéndole, por ende, asumir la primera magistratura federal si Frondizi se ausentaba definitivamente de su alto cargo. A Guido cabe más considerársele un verdadero presidente-títere, cautivo de unos militares golpistas que condicionaron severamente la gestión gubernativa de Guido y la elección de su sucesor presidencial, el radical antifrondicista Arturo Illia, asumido el 12 de octubre de 1963 y destinado, como Frondizi, a ser derrocado por los militares golpistas

Raúl Alfonsín vota en las elecciones generales del 30 de octubre de 1983, que le llevaron a la presidencia de la Nación tras la catastrófica experiencia procesista

  
10 de diciembre de 1983. Raúl Alfonsín asume la presidencia de la Nación


Al asumir el presidente Raúl Alfonsín, sólo vivían dos de los seis presidentes constitucionales argentinos derrocados durante el siglo XX: María Estela Martínez de Perón y Arturo Frondizi. Esta foto los muestra reunidos con Alfonsín en mayo de 1984. Frondizi y Alfonsín fallecieron respectivamente el 18 de abril de 1995 y el 31 de marzo de 2009. María Estela Martínez de Perón, nacida en 1931 y conocida popularmente como Isabel[3], reside actualmente en Madrid, donde viviese con su marido Juan Domingo Perón entre 1960 y 1973. El 12 de octubre de 1973, Perón e Isabel asumieron constitucionalmente la presidencia y vicepresidencia de la Nación. Perón falleció el 1º de julio de 1974. Isabel asumió inmediatamente la presidencia, cargo que ocupó hasta su derrocamiento, consumado el 24 de marzo de 1976.


Monseñor Justo Laguna junto al féretro de Raúl Alfonsín, que, siendo presidente, había contrariado previsiblemente a ciertos sectores católicos al promulgar una ley de divorcio vincular infructuosamente promovida durante la segunda presidencia de Perón y plenamente vigente hasta la fecha. En 1987, año de la promulgación de dicha ley, Laguna, obispo de Morón desde 1980, había expresado: "El divorcio es un mal, pero es un mal para los católicos, y no podemos imponer en una sociedad plural una ley que toca a los católicos. Son los católicos los que tienen que cumplirla y no el resto". Laguna había visitado al ex mandatario en su casa el día de su fallecimiento. 





El bonaerense Ricardo Alfonsín, hijo del difunto ex presidente Raúl Alfonsín, ha heredado la vocación política de su padre, aunque ingresó tardíamente en la arena política argentina. Fue diputado provincial entre 1999 y 2003. En 2004, la trágica muerte de su hija  Amparo lo instó a alejarse temporariamente de la actividad política. En 2007 aspiró infructuosamente a la gobernación bonaerense. En 2009 fue electo diputado nacional. Obtuvo un módico tercer puesto como candidato presidencial en las elecciones generales del 23 de octubre de 2011, una semana antes del 28º aniversario de la elección presidencial de su progenitor.

La Argentina alfonsinista, devastada por la catástrofe procesista, albergaba su propia versión de esas incertidumbres alemanas atribuidas por Habermas a la recién reunificada Alemania del penúltimo lustro del siglo XX, incitando a los argentinos a preguntarse hasta cuándo debían permitir que el convidado de piedra de su pasado ejerciera su derecho de veto sobre el pasado y presente en lo tocante a patriotismo y virtud ciudadana. En la Argentina golpista, dicho convidado de piedra había sido la corporación militar, que había intentado imponer una visión histórica comprensiblemente rechazada por la Argentina anticarapintada de Semana Santa, que parecía recordar que sólo puede aprenderse de esa historia reiterativa ejemplificada en el caso argentino por un golpismo aparentemente renuente a desaparecer. Al cuestionar multitudinariamente el primer planteo militar carapintada, los argentinos parecían hacerse eco de la interpretación histórica marxista sintetizada por Habermas, quien atribuye a Karl Marx la postulación de generaciones futuras proclives a autoconcebirse como futuros sujetos históricos tendientes a sobreextender los límites de la factibilidad de la historia al entremezclar las conciencias histórica y utópica



[3] Sobrenombre adoptado por Isabel en su adolescencia, tomado del nombre de su madrina espiritista y utilizado como nombre artístico. Perón e Isabel tuvieron su primer encuentro en Panamá en diciembre de 1955. Perón vivía en el exilio desde su derrocamiento, consumado en septiembre del mismo año.  Isabel, bailarina profesional en su juventud,  se hallaba de gira artística en Panamá y abandonó su actividad artística para sumarse al entorno del ex presidente. Isabel tenía 36 años menos que Perón, cuyo azaroso exilio compartió voluntariamente en Panamá, Venezuela, la República Dominicana y España. Desposó a Perón en Madrid en 1960. Entre 1965 y 1972, Isabel efectuó algunos viajes a la Argentina como representante política de su esposo. En noviembre de 1972, Perón e Isabel se radicaron temporariamente en la Argentina, donde fijaron su domicilio permanente en junio de 1973.    




Karl Marx

Los argentinos, al objetar masivamente el primer planteo militar carapintada, parecían renunciar a la vieja representación de la historia como maestra de vida y las múltiples historias particulares en aras de un proceso histórico integrador, aunque también pareciese convenirles recordar que, como maestra de vida, la historia vale siempre que promueva revisiones en vez de imitaciones y que la historia sólo merece ser conocida cuando proporciona criterios y valores. La Argentina anticarapintada parecía recordar que la Humanidad aprende normalmente de experiencias negativas, de desengaños que intenta evitar en el futuro (como el argentino de 1983 y 2001 al percibir la ingenuidad de su fe en el golpismo y el neoliberalismo). La Argentina anticarapintada parecía percibir que el aprendizaje histórico no implica postular los mudos efectos de una tradición conformadora de mentalidades, sino procesos de aprendizaje harto dolorosos y con muy relevantes consecuencias. La Argentina anticarapintada parecía preguntarse si se puede aprender de aquellos acaecimientos que reflejan la impotencia de ciertas tradiciones ante ciertos problemas históricos ineludibles.


Teniente coronel Aldo Rico, líder de los dos primeros planteos militares carapintadas, lanzados en abril de 1987 y enero de 1988


Como Rico, el coronel Mohammed Alí Seineldín era un ex combatiente de la guerra de Malvinas, durante la cual le fue tomada esta foto. Seineldín, fallecido en 2009, fue el principal promotor de los fallidos planteos militares carapintadas de diciembre de 1988 y diciembre de 1990.


En enero de 1989, Enrique Gorriarán Merlo, dirigente guerrillero del decenio de 1970, fallecido en 2006, lideró el frustrado y sangriento copamiento lanzado por un minoritario grupo izquierdista autodenominado Movimiento Todos por la Patria (MTP) contra un regimiento militar asentado en la localidad bonaerense de La Tablada. El MTP intentó justificar su accionar arguyendo la necesidad de abortar una intentona golpista carapintada





El gobernador peronista riojano Carlos Saúl Menem sucedió al radical Raúl Alfonsín en la presidencia de la Nación en 1989, siendo reelecto presidente en 1995 y dejando la presidencia al concluir su segundo mandato en 1999. Durante su primer mandato se consumó la derrota final carapintada e impulsaron importantes reformas estructurales, aunque también se profundizó la tendencia socioeconómica neoliberal procesista, mantenida durante la segunda presidencia menemista en desmedro de amplias capas poblacionales paradójicamente proclives a avalar electoralmente un neoliberalismo socioeconómico también preconizado durante el azaroso bienio presidencial del radical Fernando de la Rúa, sucesor de Menem. A fines de 2001, una sociedad hastiada de los abusos neoliberales expulsó a De la Rúa del poder en un violento estallido popular, dando inicio a la sucesión de gobiernos impulsores de políticas socioeconómicas alternativas favorables al argentino promedio y encabezados por los presidentes peronistas Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, cuya gestión gubernativa permitiría al peronismo superar el descrédito social provocado al peronismo por su profundización de las políticas socioeconómicas procesistas.

Carlos Saúl Menem

Fernando de la Rúa




Presidente por un día. Del 21 al 22 de diciembre de 2001, el peronista misionero Ramón Puerta, presidente provisional del Senado Nacional, ejerció la presidencia de la República, a raíz de la renuncia de De la Rúa
El presidente que no fue. El gobernador puntano peronista Adolfo Rodríguez Saá asumió la presidencia de la República por mandato legislativo el 22 de diciembre de 2001. Renunció ocho días después, debido al recrudecimiento de la violencia social y a la falta de apoyo a su presidencia acusada por ocho de los quince gobernadores provinciales peronistas existentes al dimitir De la Rúa. Adolfo Rodríguez Saá y su hermano Alberto han sido los dos principales dirigentes políticos puntanos post-golpistas. Alberto Rodríguez Saá, actual gobernador puntano,  es uno de los candidatos presidenciales de 2011


Alberto Rodríguez Saá

Ante la renuncia de Adolfo Rodríguez Saá, el peronista Eduardo Camaño, presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, asumió interinamente la presidencia de la República el 31 de diciembre de 2001, siendo reemplazado al día siguiente por Eduardo Duhalde. Esta foto muestra a Camaño asumiendo la presidencia ante el Escribano General de la Presidencia de la Nación

El 1º de enero de 2002, el peronista bonaerense Eduardo Duhalde, rival político intrapartidario de Menem, asumió la presidencia de la Nación por mandato legislativo, en medio de una tempestad socioeconómica y político-institucional sin precedentes en toda la historia argentina. En 1999, Duhalde había intentado infructuosamente asumir electoralmente la primera magistratura federal argentina, siendo el segundo candidato presidencial más votado en los últimos comicios argentinos del siglo XX.  Durante su interinato presidencial, extendido hasta la asunción de su sucesor presidencial Néstor Kirchner, formalizada el 25 de mayo de 2003, Duhalde condujo la fase inicial de la dificultosa transición hacia el orden socioeconómico post-neoliberal mantenido hasta la fecha con amplio margen de beneficios para la sociedad y economía argentinas. Como presidente en un momento histórico excepcionalmente complejo, Duhalde demostró un destacable manejo del timing político-gubernativo, posteriormente opacado, tras su presidencia, por una evitable derechización de su pensamiento político-ideológico



Las elecciones  presidenciales de mayo de 2003 llevaron a la presidencia de la Nación  al gobernador santacruceño peronista Néstor Kirchner, protegido político de Duhalde, cuya beneficiosa política socioeconómica post-neoliberal profundizó ampliamente. Posteriormente, Kirchner y Duhalde se distanciarían políticamente.





El 10 de diciembre de 2007, Néstor Kirchner transmitió la presidencia de la Nación a su esposa, la senadora nacional peronista bonaerense Cristina Fernández de Kirchner, elegida presidenta el 28 de octubre de 2007 y reelecta por  amplio margen de votos el 23 de octubre de 2011. Néstor Kirchner falleció el 27 de octubre de 2010, diluyendo el matiz nepotista imputable a su sucesión presidencial y ostensiblemente relativizado por la destacable calidad de la gestión gubernativa kirchnerista-cristinista. Esta imagen fue captada durante el sepelio de Néstor Kirchner en la Casa Rosada. El ex mandatario sólo tenía 60 años de edad al fallecer. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha mantenido exitosamente el paradigma socioeconómico post-neoliberal duhaldista-kirchnerista.


10 de diciembre de 2007. Cristina Fernández de Kirchner asume su primera presidencia en el Congreso Nacional.

23 de octubre de 2011. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner celebrando su reelección en Plaza de Mayo


La Argentina anticarapintada parecía repudiar, de manera categórica y autocrítica, la fascinación ejercida sobre el argentino de épocas anteriores por la opción golpista y similar a la ejercida sobre el pueblo alemán por el irracionalismo de la Primera Guerra Mundial y del periodo nazi, que impulsase a muchos argentinos a desdeñar peligrosamente unos principios democráticos posteriormente revalorizados a la luz de la traumática experiencia procesista. Esa fundamental reinterpretación histórica alentaba seguramente a la Argentina anticarapintada a recordar que la negativa a aprender de la Historia es lo único que demuestra quien se limita a hurgar en tradiciones fracasadas ante la instancia crítica de la Historia.



Soldados alemanes de la Primera Guerra Mundial


Adolf Hitler asiste a un masivo acto político nazi en 1934


La crisis de Semana Santa parecía recordar las duras exigencias de la consigna autoreflexiva característica del Aufarbeitung postulado por Theodor Adorno y mencionado por su ex ayudante de cátedra Jürgen Habermas.  La esencia del germanismo Aufarbeitung, alusivo al hecho de afrontar el pasado para aclararlo, radica en el modo de volver presente ese pasado, que puede consistir en quedarse en el simple reproche o acusación o en tratar de comprender lo incomprensible para afrontar el espanto. El ambivalente Aufarbeitung insiste en una inmisericorde reflexión sobre un pasado humillante que nos confronta con un “nosotros mismos” muy distinto de aquel que creíamos y quisiéramos ser. Al mismo tiempo, promueve una reflexión que sólo puede tener efectos curativos de no convertirse en un arma disparada contra nosotros mismos, sino en una autoreflexión. La Argentina anticarapintada parecía entender que la aclaración profunda “del propio pasado”, promovida por Adorno, no implica confiar inocentemente “en la dinámica de la toma de conciencia”, sino admitir que la autoreflexión es insustituible en lo tocante al autoentendimiento.

Theodor Adorno

La Argentina anticarapintada parecía entender que el pueblo argentino sólo lograría una autointerpretación coherente y veraz apropiándose críticamente de su propia biografía y asumiéndola responsablemente, con la consiguiente necesidad de una crítica de los autoengaños responsables del autoocultamiento de deseos y formas de comportamiento moralmente escandalosas. La Argentina anticarapintada parecía recordar que los problemas relativos a la autocomprensión ética no sólo pueden plantearse desde la primera persona del singular, sino también desde la primera persona del plural, sobre todo en el marco de una comunidad hipotecada por un pasado políticamente criminal. La crisis de Semana Santa, interpretada a la luz de la traumática experiencia procesista y del enjuiciamiento de sus principales responsables, parecía recordar al pueblo argentino la necesidad de distinguir la culpa moral o jurídica (imputable a personas particulares) de la obligación ciudadana de responder a las vulneraciones de la dignidad humana practicadas o legalizadas en el seno de su comunidad política. La crisis de Semana Santa parecía recordar al pueblo argentino la existencia de una conciencia moral posconvencional exigible al ciudadano particular por el Estado democrático en aras del autoexamen y de una apelación racional al derecho penal, limitando los reproches morales individuales al establecimiento de relaciones políticamente justas en el marco de la complejísima transición democrática afrontada por la Argentina alfonsinista. La Argentina anticarapintada parecía recordar la existencia de las exigencias no juridificables de justicia política y contribuciones al autoentendimiento a largo plazo, que sólo pueden validarse mediante la formación de opinión y voluntad políticas, no pudiendo revestírselas de autoridad estatal ni validárselas institucionalmente, por ser parte de la opinión pública política y no del aparato político articulado jurídicamente. Devastada por la experiencia procesista, la Argentina anticarapintada parecía recordar que el debate público debe limitarse a un contexto sociohistórico responsable de una destrucción de criterios morales de comportamiento no exenta de relevancia política  y al reconocimiento debido a las víctimas. Esa Argentina arrasada parecía recordar que los discursos de autoentendimiento deben promover principalmente cambios de mentalidad definibles como focos de enfrentamiento social con un pasado políticamente hipotecado y promotor de una frustrante normalidad.
La Argentina anticarapintada parecía percibir las dificultades conllevadas por la búsqueda de un equilibrio apropiado entre la incitación a la rebelión y el atemperamiento de los ánimos, manifestadas en la Argentina alfonsinista por la presencia de componentes militares contrariados por los procesos judiciales contra elementos procesistas y signados por un interés en atemperar los ánimos y desinflar el proceso. Interés perceptible en unos carapintadas caracterizados por una insignificancia numérica compensada por la peligrosa libertad de acción gozada por unos adversarios del enfrentamiento con el pasado proclives a concebir el torbellino de problematizaciones derivable de dicho enfrentamiento como un peligro para la paz y estabilidad internas. Adversarios definibles como desinfladores pragmáticos propensos a preconizar una muy restrictiva persecución penal y consiguientemente tendientes a olvidar la imposibilidad de materializar una “historia de éxitos” sin un profundo cambio de actitudes normativas y un acostumbramiento a una cultura de la disputa y contradicción. Como endebles herederos de un golpismo harto desacreditado y mal acostumbrado a la complicidad de una sociedad civil posteriormente pronunciada en su contra, los carapintadas parecían negar todo mérito a los gritos contra una ley y orden corrompidos proferidos por los incontables objetores del planteo militar, signados por una vulnerada subjetividad de víctimas aliada al resentimiento o rencor de viejos luchadores como Raúl Alfonsín o Antonio Cafiero. Alianza materializable desde un rigor crítico que instrumenta un cambio autocrítico de conciencia y un enfrentamiento con un pasado diferenciado de la justicia política y desata el potencial de herirse mutuamente conllevado por los debates de autoentendimiento. Los límites de dichos debates relativizan la tribunalización y personalización de la política, pues dichos debates no pueden ser definidos por la lógica de la imputación de culpas personales o valoración de biografías individuales, sino desde la perspectiva de un “nosotros común”, porque las asimetrías existentes inducen una falsa afirmación de diferencias. Falsa afirmación que soslaya la necesidad de evitar una apelación a falsas comunidades atentatoria contra los discursos de autoentendimiento y establecer una conexión retroalimentativa del cambio de mentalidad con la capacidad de tomar decisiones políticas autoatribuibles a fin de evitar la ausencia de controles de éxito referentes al autoentendimiento colectivo.


Antonio Cafiero pronunciando un discurso en 1988. Durante la crisis de Semana Santa, el veterano dirigente peronista desempeñó un destacado rol en su calidad de líder de la “renovación peronista”, que permitió al peronismo superar el descrédito social provocado al peronismo por su contribución al advenimiento de la dictadura procesista, consistente en una desmesurada exacerbación de la violencia política y en un mal manejo de los asuntos gubernativos durante el primer lustro del decenio de 1970




Este dibujo de Gustavo Salas capta el instante culminante de la crisis de Semana Santa, en el cual el presidente Raúl Alfonsín anuncia la rendición carapintada desde los balcones de la Casa Rosada


La Argentina anticarapintada parecía denunciar la extrema endeblez de la ocultación y represión de convicciones y formas de comportamiento retrospectivamente devaluadas, que ni siquiera contribuye a estabilizar autoimágenes, pues las verdades a medias son muy difíciles de controlar y pueden rasgar o destruir el velo de una autocomprensión ilusoria o mal construida.



¿Ahora Bieber?

En 1983 yo tenía 13 años, y el candidato presidencial radical Raúl Alfonsín devino súbitamente en poderoso despertador de mi conciencia cívica. Yo asistía por entonces a una escuela privada laica, con mayoría de alumnado judeo-ashkenazi de fuertes simpatías por el político chascomusense, que yo compartía, para la afectuosa consternación del impertérrito peronista encarnado en mi padre. Don Raúl tenía entonces 56 años, edad suficiente para ser mi abuelo. Sin embargo, la notoria diferencia etaria no impidió que don Raúl se convirtiera en mi referente. En los diez años subsiguientes, mis sentimientos hacia don Raúl oscilaron entre la admiración incondicional y el odio frenético, extremismo característico del adolescente o adulto joven que era yo en las dos últimas décadas del siglo XX. En 1999, esa desaconsejable desmesura sentimental había dado paso, en el umbral de mi treintena, a una cosmovisión más serena y objetiva, que me permitió solidarizarme por escrito con don Raúl, ya septuagenario y convaleciente de un grave accidente automovilístico.
Don Raúl falleció el 31 de marzo de 2009. Al día siguiente, decidí celebrar mi 39º cumpleaños rindiendo un pequeño homenaje a don Raúl, a quien sigo apreciando pese a llevar mucho tiempo sin votar por su partido (o partidos allegados al radicalismo). Fui a la Cámara Nacional Electoral, con sede en la porteña Avenida Leandro Alem, y me postulé como autoridad de mesa para las elecciones legislativas del anteaño, sin cosechar el éxito cosechado por quien suscribe en 2011, al postularse, ante la Secretaría Electoral, como autoridad de mesa para las elecciones primarias y generales del año en curso. Pocos días después del deceso de don Raúl, deposité un modesto ramillete de flores en la puerta de su edificio de departamentos, posteriormente señalizado por una discreta placa conmemorativa.

Néstor Kirchner ante el féretro de Raúl Alfonsín, en abril de 2009. Dos potencias se saludan, dijo José María Gatica al estrechar la mano de Juan Domingo Perón. ¿Quién hubiera dicho que los siguientes honores presidenciales se tributarían al Pingüino menos de dos años después?

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner junto al átaud de su esposo y predecesor presidencial Néstor Kirchner, fallecido el 27 de octubre de 2010

Foto del recién fallecido Elvio Macchia, marido de Alicia Kirchner y concuñado de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Duele decir que la ministra de Desarrollo Social estrena su viudez casi en el mismo año que su cuñada, dicho sea con el debido respeto por la investidura gubernamental de ambas damas.

Trece años contaba yo en 1983, edad frisada por las ululantes fans de la jovencísima estrella musical canadiense Justin Bieber apostadas en las inmediaciones del hotel porteño destinado a la nueva promesa artística internacional y muy cercano a mi domicilio. Si yo les hubiese dicho que mi referente a su edad era Raúl Alfonsín, esas chicas podrían haberme tomado por loco o pobre de espíritu. Sea como fuere, lamento preguntarme: ¿Del ahora Alfonsín de 1983 hemos pasado al ahora Bieber de 2011, al menos en lo tocante a referentes para adolescentes y adultos jóvenes? Don Raúl debe estar estremeciéndose en su tumba. ¿Se planteará dicha cuestión su hijo Ricardo, que tuvo la desgracia de perder una hija de una edad semejante a la edad  de las fans argentinas de Bieber? Si Amparo Alfonsín tuviera hoy la edad de dichas fans, ¿a qué prestaría mayor atención? ¿A los discursos de campaña de su padre o a Justin Bieber?    

Ahora Alfonsín. Versión utilizada en 1983 con fines de propaganda electoral.



Ahora Alfonsín, versión 2011, no utilizada con fines de propaganda electoral


Raúl y
Ricardo Alfonsín, situados frente a frente ante la tumba de Amparo Alfonsín, hija de Ricardo Alfonsín y nieta de Raúl Alfonsín, trágicamente fallecida en 2004 a la edad de 15 años. 

Justin Bieber en River (12/10/2011)

Fans argentinas de Justin Bieber en River (12/10/2011)

miércoles, 12 de octubre de 2011

Ecce homo

En su reciente película Habemus papa, el actor y cineasta italiano Nanni Moretti, director del film, personifica al profesor Brezzi, célebre psicoanalista ateo, divorciado y paradójicamente contratado por un cónclave cardenalicio perplejo ante la renuencia de un nuevo papa, un cardenal apellidado Melville y encarnado por Michel Piccoli, a asumir su pontificado, cargo que Melville no se siente psicológicamente capaz de asumir, pese a haber aceptado verbalmente la designación papal ante sus electores. En la Plaza de San Pedro, miles de peregrinos de múltiples nacionalidades aguardan la proclamación del nuevo pontífice, tras haber aguardado el fallecimiento de su predecesor y despedido los restos de este último. La inseguridad psicológica del flamante Papa impide al cardenalato proclamar desde los balcones vaticanos al nuevo Vicario de Cristo en la Tierra. Brezzi ensaya un diálogo psicoterapeútico con Melville, condicionado por los electores papales. Bajo fuerte custodia, Melville es llevado ante una psicoanalista de Roma, a la cual le dice que es actor. Melville logra eludir a sus vigiladores y, durante tres angustiosos días, erra por las calles de la Ciudad Eterna. Se aloja en un hotel parcialmente ocupado por un elenco teatral responsable de la puesta en escena de una obra de Anton Chejov, de la cual Melville es capaz de recitar fragmentos enteros. Mientras tanto, el jefe de la seguridad vaticana, desesperado por la desaparición de  Melville, hace creer a los cardenales que el nuevo Papa está descansando en sus aposentos y engulle con apetito los comestibles que, en realidad, consume un Guardia Suizo instalado en el apartamento papal y hace creer, por encargo, que el escurridizo pontífice se encuentra en sus habitaciones. El Guardia Suizo matiza su incómoda labor con la canción Todo cambia, de Julio Numhauser, interpretada por una Mercedes Sosa homenajeada por una peregrina cubierta por un poncho similar al de la Negra, cuya inolvidable voz resuena en la grabación difundida desde el estéreo papal y acompañada por las palmas de cardenales que entretienen sus ocios forzados con juegos de naipes compartidos con Brezzi y partidos de voley organizados por el psicoterapeuta papal. Finalmente, Melville es localizado en un teatro, donde asiste a la representación de Chejov a cargo de sus vecinos de hotel. Melville es llevado de regreso a la Santa Sede, siendo nuevamente investido con los atavíos papales y llevado a los balcones vaticanos para su proclamación pontificia. En la escena final del film, Melville, invitado a pronunciar su primer discurso papal, reitera, para desesperación de los cardenales, que no se siente capaz de asumir las graves responsabilidades del Papado.


Nanni Moretti y Michel Piccoli en Habemus Papa

Habemus Papa no es una película antieclesiástica. No ha sido airadamente cuestionada por los católicos argentinos más conservadores, que, en el decenio de 1980, no lograron impedir la aprobación de una muy postergada ley de divorcio vincular, aunque sí bloquear la difusión de las películas Yo te saludo María, de Jean-Luc Goddard, y La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, pese a la restauración democrática de 1983 y el sensible retroceso de la censura cinematográfica procesista. No ha recibido el mote de anticlerical impuesto en 1991 por los católicos argentinos más conservadores a la película El padrino III, de Francis Ford Coppola, alusiva a la refutada leyenda negra sobre la muerte del Papa Juan Pablo I, mencionado en Habemus Papa y fallecido en 1978  tras 33 días de pontificado.  Incluso en la Santa Sede se ha considerado inofensiva la película de Moretti, aunque algún elemento vaticano haya fruncido el ceño ante el estreno y éxito internacional de Habemus Papa. No, Habemus Papa no pretende atacar a la Iglesia Católica, sino recordarle bienintencionadamente las palabras pronunciadas por Poncio Pilatos al entregar a Jesús de Nazaret a su ejecutor: Ecce homo ("He aquí al hombre"). Porque si algo ha hecho hasta ahora a medias la Iglesia Católica (o, al menos, sus integrantes más conservadores) ha sido comprender al hombre actual (y aclaro que soy católico practicante).


Ecce homo, de autor y fecha no identificables

¿Es muy difícil entender que muerte digna no es sinónimo de eutanasia? ¿Es muy difícil entender que la mujer actual necesita la píldora anticonceptiva y, de vez en cuando, algún aborto? ¿Es muy difícil entender que el varón actual necesita preservativos para una sexualidad responsable? ¿Es muy difícil entender que muchas parejas actuales necesitan divorciarse? ¿Es muy difícil entender que no siempre es viable el matrimonio en primeras nupcias, como el de mis padres, próximos a cumplir 45 años de vida conyugal sin matrimonio religioso? ¿Es muy difícil entender que una mujer o varón no puede amar a la fuerza a personas de su sexo contrario y que es preferible amar sinceramente a un congéner a amar hipócritamente a una persona del sexo contrario  para acatar una prejuiciosa convención social? ¿Es muy difícil reconocer el derecho de las parejas homosexuales a formar una familia? ¿Es muy difícil impulsar el celibato sacerdotal optativo católico? 
Reitero: soy católico. Amo a la Iglesia. Y, como la amo, la critico. Ad maiorem dei Gloriam ("Para mayor gloria de Dios"), rezaba el lema papal de Juan Pablo II.  Para mayor gloria de Dios los católicos debemos mejorar nuestra Iglesia, adaptándola a las muy cambiantes circunstancias históricas subrayadas por Moretti. Jesús fue un revolucionario. Su prédica irritó a muchos. Y por eso hubo quienes exigieron su crucifixión. El católico reaccionario no reverencia debidamente a Cristo.  






lunes, 10 de octubre de 2011

La Sagrada Familia

La vida humana no suele ser fácil, pues el ser humano suele complicarse mucho a sí mismo, con frecuencia sin necesidad. La vida humana tampoco ha sido fácil para los hermanos Kenneth y Betty Anne Waters, nacidos y domiciliados en Ayer, pequeña localidad del Estado estadounidense de Massachusetts, e interpretados por Sam Rockwell y Hilary Swank en la muy recomendable película estadounidense Justicia final, dirigida por Tony Goldwyn y recientemente arribada a las salas cinematográficas argentinas. No conocen a su padre. Kenneth y Betty Anne figuran entre los nueve hijos concebidos por su madre con siete padres distintos. Han habitado ocho hogares temporales por resolución de jueces que alguna vez los separaron impiadosamente, pese a la feroz resistencia de ambos hermanos. Con los años, Kenneth concebirá una hija, pero su paternidad se verá permanentemente boicoteada por los frecuentes entredichos de Kenneth con las autoridades policiales y judiciales de Massachusetts. Estos últimos alcanzarán su clímax en 1982, al fallecer el abuelo materno de Kenneth y Betty Anne, el único referente familiar sólido que parecen haber tenido ambos hermanos. La policía interrumpe el oficio fúnebre para arrestar a Kenneth, acusado de perpetrar el feroz asesinato de una mujer, cometido en 1980. En 1983 Kenneth es condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Betty Anne cree firmemente en la inocencia de su hermano y decide terminar la escuela secundaria y convertirse en abogada para sacar a Kenneth de la cárcel, aunque ello la obligue, como de hecho sucederá, a congeniar las duras exigencias académicas con sus rigurosas obligaciones familiares. Aunque ello la obligue, como de hecho sucederá, a divorciarse de su marido. Aunque ello la obligue, como de hecho sucederá, a soportar una lógica decisión de reemplazar temporariamente el hogar materno por el paterno, tomada por los hijos adolescentes de Betty Anne, inmersos en una difícil etapa de la compleja vida humana y comprensiblemente hastiados de la aparente proclividad materna a valorizar la fraternidad en detrimento de la maternidad. Aunque ello la obligue, como de hecho sucederá, a doblegar trabajosamente la firme indiferencia de una sobrina presuntamente poco dispuesta a compartir su joven vida con sus primos hermanos cogeneracionales y la creencia de su batalladora tía en la inocencia de Kenneth. Aunque ello la obligue, como de hecho sucederá, a doblegar trabajosamente las limitaciones inicialmente impuestas a la ayuda que Betty Anne puede esperar de una fundación neoyorquina, presidida por un abogado y especializada en demostrar judicialmente la inocencia de personas erróneamente encarceladas, que ayudará a Betty Anne a obtener en 2001 una liberación de Kenneth con cobertura mediática y un millonario resarcimiento económico en 2004, y con la cual Betty Anne colaborará tras la excarcelación de su hermano, realizando la única tarea jurídica que realmente le interesa, sin por ello renunciar a su empleo en un bar de Ayer. Aunque ello la obligue, como de hecho sucederá, a doblegar trabajosamente los temores de ex testigos obligados por policías corruptos a testificar contra Kenneth. Aunque ello la obligue, como de hecho sucederá, a doblegar trabajosamente las trabas burocráticas contra la exhumación de evidencias judiciales presuntamente destruidas por reglamento. Aunque ello la obligue, como de hecho sucederá, a doblegar trabajosamente las trabas burocráticas contra la realización de exámenes genéticos aparentemente susceptibles de demostrar la inocencia de un Kenneth alguna vez aislado por sus carceleros a raíz de una fallida y comprensible tentativa de suicidio. Aunque ello la obligue, como de hecho sucederá, a doblegar trabajosamente la renuencia de Kenneth a someterse a las pruebas de laboratorio. En el tramo final del film de Goldwyn, Kenneth se instala en casa de Betty Anne, cuyos hijos retornan al hogar materno, impresionados ante el trabajosísimo logro de su progenitora.

Hilary Swank y Sam Rockwell en Justicia final

En Justicia final, Tony Goldwyn nos recuerda la fortaleza de los lazos familiares, aunque en su película la familia parezca tan extinguida como los dinosaurios y mamuts. Los gigantescos reptiles jurásicos no sobrevivieron a la lluvia de meteoritos abatida sobre la Tierra hace 65 millones de años, ni a los cambios climáticos derivados de la misma. Los lanudos elefantes paleolíticos no sobrevivieron a los cambios climáticos derivados de la desglaciación que experimentó la Tierra hace 10.000 años y marcó el inicio del Neolítico.

 La extinción de los dinosaurios

Portada de un documental anglófono sobre la extinción de los mamuts, denominada "la última extinción", otrora susceptible de devenir en la penúltima de no haberse evitado el suicidio en masa de la Humanidad en un Holocausto nuclear, que habría convertido en juego de niños el suicidio colectivo decretado en 1978 por el reverendo Jim Jones en su colonia  presuntamente cristiana de Jonestown, Guyana  

Postal japonesa anti-Holocausto, inspirada en la traumática experiencia del bombardeo atómico estadounidense lanzado contra la ciudad nipona de Hiroshima el 6 de agosto de 1945 

Reverendo Jim Jones

Imagen del suicidio colectivo decretado el 18 de noviembre de 1978 por el reverendo Jim Jones en Jonestown, en el cual perecieron el propio Jones y otros 912 individuos, entre ellos unos 270 niños  

Durante las décadas de la Guerra Fría, se temió que un Holocausto nuclear terminara en instantes con los frutos laboriosamente producidos por la Humanidad durante sus tres primeros millones de años de trayectoria. Películas como Justicia final instan a no subestimar la capacidad humana de supervivencia y autorecreación. La familia es parte de la Humanidad. Y, por ende, puede sobrevivir y autorecrearse, como bien lo demuestra Tony Goldwyn en Justicia final. Como bien lo demostraron las 18 mil mujeres movilizadas ayer por las calles barilochenses para reclamar la despenalización del aborto, cuestión incluida en la agenda parlamentaria poselectoral argentina de 2011 y tan legítima y perseverantemente reclamada por las abortistas argentinas como el voto femenino por las sufragistas argentinas de la primera mitad del siglo XX, mal que les pese a los dos mil evangelistas que ensayaron un débil contrapunto antiabortista en la ciudad rionegrina, sede por estos días del 26º Encuentro Nacional de Mujeres.

 Portada del matutino porteño Página/12 del 10 de octubre de 2011, alusiva a la marcha abortista barilochense del día anterior

En este año 2011, tengo motivos más personales para explayarme in extenso sobre la apasionante problemática familiar, desde la perspectiva científico-social que me permite adoptar mi formación sistemática en Historia, análoga a la recibida por mi colega Graciela Queirolo, responsable del meritorio curso docente del gobierno porteño sobre la evolución histórica de la familia argentina de los últimos dos siglos, ingresado en mi memoria como uno de mis mejores recuerdos de 2011 y seguido por quien suscribe, en calidad de cursante, durante el primer semestre del año en curso. Entre esos motivos figuran la favorable evolución médica de mi septuagenaria madre Elisa, afectada a principios de 2011 por una severa dolencia oncológica, y la inminente maternidad de mi hermana María, precedida de cerca de la inesperada formalización de su vínculo de pareja con el padre de mi primer sobrino, amén de la destacable labor de capacitación, coordinada por mi padre Alberto, médico de profesión, entre las mamis, mujeres domiciliadas en el partido bonaerense de Pilar y encargadas de  acompañar congéneres destinadas a dar a luz en condiciones socioambientales adversas. En marzo de 2011, la enfermedad de mi madre me instó a efectuar una solemne promesa a la Virgen de Schönstatt, al pasar junto a una gran imagen suya en San Clemente del Tuyú, donde yo acompañaba a mis padres durante el receso carnavalesco del año en curso. Prometí a la Virgen de Schönstatt que, de mejorar la salud de mi madre, yo volvería a asistir a misa todos los domingos, como lo hiciese entre mis 22 y 25 años. Como la Virgen cumplió, yo debo cumplir con ella, y, de hecho, lo estoy haciendo. Anteayer cené con Pablo, un médico amigo mío de 31 años, con simpatías por la Iglesia Católica retrospectivamente enraizadas en el hecho de haber cursado todos sus estudios secundarios en una escuela católica del barrio porteño de Barracas. Mi charla con Pablo me instó a preguntarme por qué yo había efectuado una promesa a la Virgen de Schönstatt, de la cual nunca había sido tan devoto como de la Virgen de Luján o la Virgen del Rosario de San Nicolás, pese a guardar un grato recuerdo de mi peregrinación de 1993 al bello santuario dedicado a la Virgen de Schönstatt en la localidad bonaerense de Florencio Varela. Tras pensarlo un poco, concluí que las representaciones de la Virgen de Schönstatt resaltan tan intensamente la maternidad de María como el título de "Madre Tres Veces Admirable" conferido a la Virgen de Schönstatt. Había estado en riesgo la vida de mi madre, que alguna vez me sostuviese en brazos, como la Virgen María al Niño Jesús en las imágenes de la Virgen de Schönstatt y otras versiones de la madre de Cristo, sin que yo pretenda equiparar mi persona a la del Nazareno, ni a su progenitora con la mía.

La Virgen de Schönstatt, elocuente reivindicación de la maternidad

Puede que alguno de Uds.se pregunte cómo concilio mi condición de católico practicante con mis convicciones abortistas. Algún católico más rígido que yo me acusaría probablemente de herético. A este último le digo que no me considero mejor ser humano que otros seres humanos, católicos o no. Lo que sí digo, a todos mis semejantes, católicos o no, que, en mi humilde y atrevida opinión, las abortistas no preconizan, como muchos suponen, la destrucción de la familia, sino su mejoramiento. Aunque vayamos a misa tres veces por semana, no seríamos buenos defensores de la familia si aceptásemos el embarazo de una niña de doce años, afectada por una deficiencia mental, domiciliada en una villa miseria asolada por narcotraficantes y preñada por un padrastro violador, sólo por carecer del dinero necesario para pagar un oneroso aborto evitablemente clandestino. Como la Betty Anne de Justicia final, las abortistas argentinas no abogan por la muerte de la familia, a la cual la Humanidad sucumbiría tan ignominiosamente como los dinosaurios y mamuts, tan procreadores como los seres humanos, a los cambios climáticos abatidos sobre la Tierra hace ya tantísimos años. La familia siempre será sagrada. Incluso si la Argentina legaliza el aborto, como es deseable que lo haga.

La Sagrada Familia de Nazaret
    

domingo, 9 de octubre de 2011

Steve Jobs, revolucionario de lo oneroso

Los hindúes suelen cremar a sus difuntos y arrojar sus cenizas al Ganges o algún otro río indio considerado sagrado por el hinduísmo. En su película Gandhi, de 1982, el cineasta británico sir Richard Attenborough reconstruye magistralmente el multitudinario funeral tributado al Mahatma tras su asesinato, perpetrado el 30 de enero de 1948.

Febrero de 1948. El pueblo indio acompaña el cortejo fúnebre de Gandhi.








Quien asesinó a Gandhi mató a un hombre que había revolucionado (o intentado revolucionar) el modus operandi político convencional, pese al consejo en sentido contrario de ese presunto Realpolitiker encarnado en el dirigente indio musulmán Muhammad Ali Jinnah, primer gobernador general de Pakistán y muerto de cáncer poco después del cruel asesinato del Mahatma.

Jinnah y Gandhi

Días atrás, el mundo se vio conmovido por el temprano fallecimiento de ese presunto revolucionario de nuestras vidas encarnado en el destacado emprendedor tecnológico estadounidense Steve Jobs. Como Jinnah, Jobs perdió la batalla contra el cáncer sin abandonar su puesto de lucha. 
El 27 de enero de 2010, Jobs presentó en sociedad la tableta Ipad, a un valor comercial unitario oscilante, en el mercado estadounidense, entre los 499 y 829 dólares estadounidenses. Ese hallazgo de su firma Apple conmueve por estos días al mundo informático, en la versión de la empresa estadounidense u otras versiones, sensación potenciada por la desaparición física de Jobs.

Jobs con la tableta Ipad de Apple (2010)

 Poco antes del deceso de Jobs, la firma Amazon sacudió el mercado global de las tabletas al presentar su tableta Kindle Fire, cuyo precio comercial unitario de 199 dólares estadounidenses le permitiría competir agresivamente con la iPad de Apple, el modelo dominante del sector.


En esta foto, publicada en Internet en julio de 2011, Jeff Bezos, presidente y cofundador de la tienda minorista on line Amazon, parece ridiculizar a Steve Jobs desde una tableta Kindle Fire alusiva al "Libro de Jobs" anunciado por The Economist como el presunto arquetipo de la infalibilidad informática.

Por estos días, mientras se multiplicaban a escala mundial los homenajes a Jobs, India anunció el lanzamiento de la tableta "más barata del mundo", denominada Aakash (cielo en hindi). Aakash fue desarrollada en territorio indio por la pequeña compañía británica DataWind. En India, la nueva tableta será distribuida por el gobierno nacional entre unos 100.000 estudiantes (en forma experimental y gratuita), en un operativo similar a la distribución gratuita de netbooks efectuada desde 2010 por el gobierno argentino, en el marco del programa Conectar Igualdad.com, implementado entre los alumnos de las escuelas secundarias y especiales estatales de nuestra patria.  En el caso indio, la Aakash será posteriormente comercializada entre estudiantes por 35 dólares estadounidenses y en tiendas por unos 60 dólares estadounidenses.


Tableta Aakash


La presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner entregando netbooks del programa Conectar Igualdad.com

Conectar Igualdad.com, Kindle Fire y Aakash deben estar haciendo estremecer el aún caliente cadáver de Jobs en su flamante sepulcro. Evidentemente, el Ipad no era para todos. Amazon significa amazona en inglés. Si Jobs hubiese sido, como Gandhi, un indio hindú fallecido en su patria, el fundador de Apple habría sido cremado por Aakash, con una guardia de honor montada por Amazon junto a la pira funeraria de quien revolucionase el mundo de la tecnología onerosa, tal como el Mahatma intentase revolucionar la actitud del desvalido ante el poderoso.


















  







jueves, 6 de octubre de 2011

Pseudo-pigmalionistas vs.pigmalionistas auténticos

En su biografía de Jorge Luis Borges, Horacio Salas refiere cómo el Borges de 1939 dictó su cuento Pierre Menard, autor del Quijote, desde su lecho de enfermo, a su madre, doña Leonor Acevedo de Borges. Según Salas, doña Leonor, tras recibir el dictado, confesó a su célebre hijo que no le gustaba aquel cuento, que no lo entendía.

Borges y su madre

Muchos se han resistido a entender a Borges, pero vale la pena esforzarse en entenderlo. Como también vale la pena esforzarse en entender la película The Truman show, dirigida por el gran cineasta australiano Peter Weir. La vi por primera vez en 1998, a mis 28 años, cuando el film de Weir aterrizó en la cartelera cinematográfica porteña. Mi primera sensación ante The Truman show se asemejó a la reacción inicial de doña Leonor ante el cuento de su hijo. No me gustaba, ni la entendía. Había visto otras películas de Weir (Gallipoli, Testigo en peligro, La sociedad de los poetas muertos). Las había disfrutado y entendido. Pero con The Truman show no me sucedía lo mismo. ¿Weir estaba en decadencia? ¿Qué significaba esa película pretenciosa?
En su autobiografía, Luciano Pavarotti confiesa la repugnancia experimentada ante Nueva York por el tenor modenés en su primer contacto con la célebre urbe estadounidense, paradójicamente convertida, con posterioridad, en una de sus ciudades favoritas, según palabras del propio Pavarotti. Comprendo los sentimientos de Pavarotti hacia Nueva York. Cuando visité la gran urbe estadounidense en julio de 1999, mi primera visión de la Gran Manzana riñió con mis expectativas. ¿Era esa ciudad a simple vista grisácea y monótona la Nueva York rutilante de las películas ambientadas en la Reina del Hudson? Doce años después, mi recuerdo de Nueva York figura entre los mejores recuerdos de mi vida. Y The Truman show figura entre mis películas preferidas.



Pavarotti y Nueva York: del "non me piace" al "ho capito che ti amo"

En The Truman show, el gran actor cómico canadiense-estadounidense Jim Carrey interpreta a Truman Burbank, un asegurador de treinta años, residente en la presunta ciudad modelo marítima de Seahaven Island, que cree tenerlo todo asegurado: un buen amigo del alma, un buen empleo, una buena esposa, una buena casa, un buen auto, un buen pasar. Sólo le falta procrear para ser el más feliz de los seres humanos. Su océano de plácidas certidumbres amenaza repentinamente con encresparse al ser asaltado por crueles dudas existenciales. Súbitamente, Truman empieza a sospechar que sus movimientos están siendo monitoreados. Incluso empieza a sospechar de la conducta de su esposa Meryl, enfermera diplomada del hospital local, quien intenta moderar los repentinos trastornos emocionales de su esposo exaltando las virtudes de un cacao en polvo en un lenguaje análogo al empleado en la publicidad televisiva. Truman ignora que su vida es, en realidad, una ininterrumpida serie televisiva, iniciada cuando Truman flotaba plácidamente en el líquido amniótico del útero materno. Truman ignora que Seahaven Island no es sino un gigantesco set televisivo y que quienes rodean a Truman no son sino actores y actrices, monitoreados, como Truman, desde un sofisticado estudio televisivo instalado en la Luna y dirigido por el perturbador Christof, creador y director de un programa lanzado tres décadas atrás, estelarizado por Truman y transmitido vía satélite a toda la Tierra durante las 24 horas del día, con impresionantes índices de rating y merchandising, aunque también haya quienes objeten ferozmente el modus operandi de Christof. Entre los objetores de Christof figura Sylvia, esposa frustrada de Truman, promotora del movimiento Liberen a Truman y autora de una furiosa llamada telefónica televisada a Christof.



Afiche publicitario anglófono de The Truman show, publicado en 1998. La publicidad presenta a Truman Burbank, asegurador interpretado por Jim Carrey, como una estrella televisiva ignorante del hecho de llevar 10.909 días en el aire.

Truman intentará reiteradamente escapar de una cotidianeidad que se le ha tornado súbitamente insostenible. Intentará viajar a Fiji, propósito frustrado por la presunta falta de vacantes en los contingentes turísticos. Intentará viajar a Chicago, propósito frustrado por una imprevista falla mecánica experimentada por un ómnibus próximo a salir de la terminal de Seahaven Island. Intentará huir de Seahaven Island en un yate, propósito frustrado por Cristof, quien, desesperado por la repentina desaparición de su estrella de la pantalla televisiva, lanza, desde la Luna, una feroz tempestad sobre la embarcación pilotada por Truman. Exhausto, Truman desiste de su huida al llegar al decorado que delimita el espacio marítimo. Cristof entabla una videoconferencia con su estrella para aclarar las cosas. Sin embargo, Cristof ha perdido la partida. Truman hace mutis por el foro y el exasperado Cristof ordena interrumpir la transmisión. Los incontables seguidores de The Truman show comprenden que no pueden acatar indefinidamente el cuestionable libreto impuesto por el creador del programa, tal como los argentinos de 1983 y 2001 comprendieron que no podían acatar indefinidamente los objetables libretos golpista y neoliberal, respectivamente promovidos desde 1930 y 1976 y desplazados por la restauración democrática de 1983 y el saludable paradigma socioeconómico y político-institucional post-neoliberal preconizado desde la asunción presidencial de Eduardo Duhalde en enero de 2002. En una de las más elocuentes escenas de la película de Weir aparecen dos encargados de garage, devotos de The domino's pizza y The Truman show, que, en el tramo final del film, concluyen que ya es hora de cambiar de canal y aficionarse a otros programas televisivos. Cristof debe entender, muy a su pesar, que Truman ya no tiene seis meses, sino treinta años, la edad elegida por Jesús de Nazaret para iniciar su vida adulta como fundador de una fe religiosa alternativa al judaísmo de la familia del Redentor, dicho sea sin intención antisemítica alguna. En otras palabras, ya es hora de que Truman sea Truman, no la creación de Cristof.

"Hora de cambiar de vida, Truman", parece decir Carrey a su alter ego de la célebre película de Weir

En mi artículo Pigmalionistas vs.anti-pigmalionistas, [1], definí al pigmalionismo como la creencia en el automejoramiento y el anti-pigmalionismo como la creencia en el autoempeoramiento. El pigmalionista cree que puede mejorar su personalidad; el anti-pigmalionista cree que sólo puede empeorarla.
Al rever días atrás The Truman show, en una reposición televisiva, decidí ampliar mi bienintencionada especulación conceptual. A los dúos antitéticos pigmalionismo/anti-pigmalionismo y pigmalionista/anti-pigmalionista, propongo agregar los dúos antitéticos pseudo-pigmalionismo/pigmalionismo auténtico y pseudo-pigmalionista/pigmalionista auténtico. El pseudo-pigmalionista cree equívocamente que se ha automejorado. El pigmalionista auténtico se automejora inequívocamente.
En la película de Weir, Truman percibe el carácter falaz del automejoramiento pseudo-pigmalionista y derrota a Cristof oponiendo a este último el innegable automejoramiento del pigmalionismo auténtico. Con un candor típicamente pseudo-pigmalionista, Cristof había abrazado esa creencia en la propia invencibilidad que el pigmalionismo auténtico permite abrazar sin ingenuidad alguna.

Ed Harris en su interpretación de Cristof, personaje de The Truman show ingenuamente adherido al pseudo-pigmalionismo y derrotado por la imprevista conversión al pigmalionismo auténtico del cuasi-pseudopigmalionista  Truman Burbank 



[1] Ver: http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=4257991283465664507&postID=8537936694844268477