jueves, 27 de octubre de 2011

Paso de los toros

"Arrolla la sed/Paso de los toros", rezaba un jingle publicitario del agua tónica Paso de los toros a principios del decenio de 1980. El jingle acompañaba la imagen televisiva de una manada de toros, que atravesaba furiosamente una amplia pradera o una hispánica plaza de toros, en actitud de no arrollar sólo la sed, sino cuanto objeto se interpusiera en su camino.


Según su biógrafo Louis Fischer, el Mahatma Gandhi concebía a la máquina de coser Singer como uno de los pocos frutos útiles de la inventiva humana. El líder indio había aprendido a utilizarla antes de adoptar su clásica rueda de hilar, emblema del movimiento independentista indio. Puede que Gandhi no exagerara la utilidad de la máquina de coser Singer. En mi casa conservo una máquina de coser Singer de inenarrable vetustez, como la exhibida en una de las ilustraciones gráficas de estos garabatos informáticos. Perteneció a mi bisabuela paterna Elena Alvite de Romay, inmigrante española desembarcada en suelo argentino en 1921 y fallecida en idéntico suelo en 1976.
Máquina de coser Singer (c.1900)


Gandhi con Louis Fischer (Nueva Delhi, 1946). Los acompaña Rajkumari Amrit Kaur, primera mujer india con rango ministerial, vestida de sari blanco 

Gandhi hilando (c.1930)

Casi huelga decir que tengo de adorno la Singer de mi bisabuela, porque no sé enhebrar una aguja de coser manual sin pincharme un dedo. En 1991 mi abuela materna utilizó esa reliquia para ayudar a mi hermana con un trabajo práctico del CBC. Pese a su venerable antigüedad, el artilugio seguía siendo útil. Tan útil como los semáforos. Pero en mi ciudad natal, muchos parecerían pensar lo contrario de los semáforos. Que el semáforo no sirve para nada y que no tiene sentido respetarlo.Yo debo ser uno de los pocos tontos que no piensan así en la Reina del Plata, lo cual me enorgullece y avergüenza simultáneamente. Tengo mis motivos para respetar el semáforo. Llevo diez años viviendo en el barrio de Puerto Madero Este, sobre el bulevar Rosario Vera Peñaloza, entre la calle Aimé Painé y la avenida Juana Manso. Es asunto serio cruzar a pie las bocacalles de mi zona de residencia. Un fluido tránsito vehicular liviano atraviesa frecuentemente las avenidas Juana Manso y Alicia Moreau de Justo, esta última también atravesada por un volumen de tránsito vehicular pesado moderado, pero perceptible. Atravesar el límite entre los barrios de Puerto Madero y San Telmo implica afrontar la avenida Ingeniero Huergo y su peligroso tránsito vehicular pesado de camiones y micros. Los camiones, supuestamente tripulados por elementos profesionales, suelen taponar la bocacalle en la intersección de la avenida Ingeniero Huergo y la calle Chile, obligándome a esquivar peligrosamente los guardabarros de vehículos frecuentemente adosados a enormes contenedores portuarios. Para cruzar la calle Azopardo, suelo desviarme hasta la calle Chile, pues no me fío del cruce peatonal de la calle Azopardo más cercano a mi domicilio, carente de semáforo. Prefiero con creces el cruce peatonal de la calle Chile, cuyo semáforo permite al peatón atravesar seguramente la peligrosa calle Azopardo, con su acelerado tránsito vehicular liviano de autopista, su riesgosa escasez de semáforos y sus ciclovías. A menudo debo afrontar la ancha avenida Paseo Colón y su fluido tránsito vehicular, principalmente compuesto de un peligroso tránsito vehicular pesado de colectivos. Ello me insta a respetar escrupulosamente los semáforos de la avenida Paseo Colón y dividir su complejo cruce en etapas, haciendo escala en las plazoletas-aparcadero de dicha avenida, a la espera de los correspondientes cambios de semáforo. Mientras espero estos últimos, aprecio con alarma el vertiginoso tránsito vehicular de la arteria porteña. 


Como decía, muchos no parecen creer en la utilidad de los semáforos de la Reina del Plata. Años atrás, yo frecuentaba, por consejo médico, los talleres del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano. Al concluir cada reunión de taller, yo solía ir, con mi coordinador y compañeros de taller, a un bar de la zona del hospital, sito en una esquina de la Avenida Monroe, hacia la cual doblaban veloces colectivos. Ello me inducía a respetar escrupulosamente el semáforo. Un tallerista, que jamás lo respetaba, me disparó un impiadoso comentario al percibir mi respeto por el semáforo: "¿Qué sos, yanqui? ¡Tenés que ser más espontáneo!" No, no soy yanqui; soy un argentino que desea una Argentina mejor, para él y demás habitantes del suelo argentino, nacidos o no en él, poseedores o no de su ciudadanía. Y entre esos "demás habitantes" incluyo a mi sobrino, ya tan próximo a nacer, que ese tallerista inconsciente  pudo inhibirme de conocer si un colectivero me mandaba a conocer tempranamente a San Pedro por cruzar una bocacalle con semáforo en contra en aras de una espontaneidad presuntamente sacrosanta. Como quiero conocer y ver crecer a mi sobrino, prefiero no imitar a los toros de los spots comerciales del agua tónica Paso de los toros del decenio de 1980.
Me aterra ver, desde el colectivo 111, cómo los peatones cruzan, con semáforo en su contra, la peligrosa intersección de las calles Lavalle y Maipú, atravesada por numerosos colectivos. Alguna vez he visto hacer eso a mujeres con cochecitos de bebé. Espero que a mi hermana no se le ocurra hacer eso con mi sobrino. A mi sobrino quiero verlo haciendo de San Martín en los actos de su escuela primaria, no debatiéndose entre la vida y la muerte, con un traumatismo óseo producido por un accidente vial, en un hospital, a la tierna edad de siete meses. Me aterra que mis amigos, alejados ya de su niñez, me obliguen a cruzar, con semáforo en su contra, la peligrosa intersección de la calle Libertad y la avenida Corrientes, con su fluido tránsito vehicular.
En su discutible biografía de Hipólito Yrigoyen, Manuel Gálvez refiere un encuentro mantenido por el líder radical, durante su primera presidencia, con una "delegación de representantes de la Bolsa, de la Industria y del Comercio", que se quejaban, entre otras consecuencias negativas de una huelga ferroviaria, del "enflaquecimiento, por escasez de forraje, del ganado traído a la Exposición Rural". Según Gálvez, Yrigoyen habría contestado: "Cuando ustedes me hablaban de que se enflaquecían los toros en la Exposición Rural, yo pensaba en la vida de los señaleros, obligados a permanecer veinticuatro, treinta horas manejando los semáforos para que los que viajan, para que las familias, puedan llegar tranquilos y sin peligros a los hogares felices..."[1]
No todos los estudiosos consideran santo a Yrigoyen. Pero aquí no viene al caso. Lo cierto es que muchos peatones de la Reina del Plata parecen preferir imitar el paso del toro a respetar algo tan elemental como las señales de tránsito. Como si los toros de los encopetados interlocutores del Yrigoyen de Gálvez hubiesen terminado prevaleciendo, casi un siglo después, sobre los señaleros mencionados, según Gálvez, por el primer presidente radical, arrollado por los toros de la oligarquía en 1930.

Hipólito Yrigoyen, víctima del paso de los toros en 1930. Y no precisamente del agua tónica...
 



[1] Cf.GÁLVEZ, Manuel. Vida de Hipólito Yrigoyen. El hombre del misterio. Buenos Aires, Círculo de Lectores, 1975, pp.298-299

No hay comentarios:

Publicar un comentario